domingo, 20 de enero de 2008
Película No 6
Narra las vicisitudes de todos los inmigrantes ilegales que viajan a Estados Unidos, representados aqui por el personaje llamado Marlon. LLegar a un país extraño, sin dinero suficiente, y sin conocimientos amplios de la lengua hacen de la vida de cualquier persona un verdadero calvario. Calvario que gracias a la ayuda de personas no indiferentes a las penas de otros puede ser superado, aunque de manera ardua y trabajosa.
Cabe recalcar como toda problemática del inmigrante, la calidad de los trabajos que se les puede ofrecer, se encuentran como obreros de construcción, limpiando baños, etc. Labores que los americanos ya no realizan. Asimismo, es realmenta de admirar, como estos personajes que llegan en condiciones extremas a cualquier ciudad norteamericana pueden logran algunos sueños y, por que no, triunfar , encontrar afecto en otros y madurar, para, de esta forma, mirar atras y ver que vivian de forma ostentosa en sus países de origen y que Norteamérica los trata de una forma cruda y rigurosa.
lunes, 14 de enero de 2008
CIORAN
TORMENTOS
La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos.
No sé como distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado.
Sentirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa soledad es también física.
¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.
En plena tempestad...
El día después siempre es tranquilo, ya se sabe, la resaca y el cansancio hacen que esté tirado como un muerto en el sillón mirando la tele aunque me importe una mierda lo que estén echando en ella. Sin embargo, hoy me he levantado de muy mala leche, y con impulsos homicidas y suicidas. Ha aflorado mi odio a este mundo y a esta vida y a mi mismo por estar en ella. Pongo Presuntos Implicados en la cadena de música, me gusta su voz y me gustan sus canciones, me relajan y quizás consiga ponerme en paz conmigo mismo y el mundo. Tengo ganas de llorar pero no lo consigo, la rabia me lo impiden, desearía golpearlo todo y tirarlo por la ventana y luego yo detrás, pero vivo en un primero, ¡no vale la pena!. Odio y rabia, tristeza y derrota, cansancio y resaca, todo esto a la vez es lo que siento, y la verdad, levantarse así es asqueroso, o mejor dicho, levantarse a un nuevo día es asqueroso.
Nos echan a este mundo, y nadie nos ha preguntado si queríamos nacer, nadie nos previene de lo que nos espera, ingenuo pensamiento el que dice que la vida es un don, algo que deberíamos agradecer cada día que nos despertamos y cada día que pasamos y seguimos aquí...
Yo pienso (y empiezo a pensar que pienso demasiado) que también puede ser una carga, una pesada carga, que día a día algunos de nosotros llevamos encima sin poder quitárnosla, pero deseando hacerlo. No estoy loco, nadie debe juzgar que mi lucidez significa locura, ¿o quizás sí?, y por eso los cuerdos están en el manicomio.
Lo he intentado, claro que lo he intentado, pero la ¿gracia? del asunto es que he fracasado... Así que aquí sigo, sin saber muy bien qué hacer.
Una de las cosas que tengo más claras, es que la sociedad tal como es ahora, no me gusta, vivo en ella porque no me queda otro remedio, y porque al mismo tiempo que la aborrezco, la necesito para subsistir. Pero no me gusta, quizás en lugar de ¿avanzar? tanto en el campo de la tecnología, de la ciencia, del consumismo,... Deberíamos pararnos en seco y mirar atrás, mirar lo que vamos dejando a nuestra espalda, recapacitar y meditar en si realmente estamos siguiendo el camino correcto, o por el contrario, estamos destruyéndolo todo a nuestro paso como Atilas de pacotilla.
Mi pesimismo, como le llaman los demás, o lucidez, como le llamo yo, es una pesada carga que tampoco pedí llevar. Es difícil vivir así, y casi merezco una medalla por, a pesar de todo esto, seguir levantándome cada día, ir al trabajo y colaborar en algo que no deseo que siga así, sino aniquilarlo.
La aniquilación es renovación, porque al final de ella, la vida (esa eterna inmortal) vuelve a resurgir... Si tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. Y quizá, en un futuro lejano, la evolución haría que un nuevo ser inteligente poblara este planeta. Porque no considero que el hombre sea un ser superior, ni inteligente, creo que es un ser peligroso por su gran (casi ilimitada) capacidad de contaminación. Y su carente capacidad de creación, allí donde toca, la caga. Dejando un montón de mierda a su paso.
¿POR QUÉ ESTOY AQUÍ?
¿POR QUÉ NADIE ME AVISÓ?
¿POR QUÉ, PADRES, ME OBLIGASTEIS A NACER?
¿POR QUÉ A CADA PASO QUE DOY TENGO LA SENSACIÓN DE NO AVANZAR?
¿POR QUÉ PIENSO DEMASIADO?
¿POR QUÉ NO PUEDO ESTAR IDIOTIZADO COMO LA GRAN MAYORIA?
¿POR QUÉ?... ¿POR QUÉ?... ¿POR QUÉ?...
Me pregunto muchas veces porqué soy así, porque tengo que ser tan consciente de que la vida es una mierda, que tal como la vivimos, tal como la sociedad nos impone una rutina, unas obligaciones, unas normas, unas prohibiciones,... es difícil vivir, es un sinsentido, esto no es vida, y a veces pienso que para vivir así, mejor no vivir.
Hay quién se pone metas, objetivos, cree en algo: en un dios, en el amor,... pero es difícil creer en algo, sino crees siquiera en ti mismo y en que tiene algún sentido el que cada día te levantes, vayas al trabajo, te conviertas en una especie de máquina durante unas ocho horas y luego vuelta a casa,.... ... ... ... y así día tras día. Nadie está contento y sin embargo no hacemos nada por cambiar las cosas porque no sabemos qué es lo que podemos hacer, no sabemos cual es la solución porque no la hay, la única solución, y aunque parezca absurda, es vivir en una dulce ignorancia, ser un iluso, un estúpido que no piensa ni ve más allá que lo que alcance su mirada. No aspirar a nada más que las migajas del pastel que caigan en tus manos, y ya está, ser un conformista, sin apenas voluntad ni decisión, una especie de marioneta que ni de moverse se preocupa porque ya hay otros que se encargan de ello.
No vale la pena, ¿para qué?... en fin, vivo aburrido y escéptico. ¿La amistad? ¿el amor? ¿la familia?, conceptos que poco me dicen ya, y quizás no sea por desengaños sino porque no creo en sentimientos que son imposibles en una sociedad como esta, o en una vida como esta. El hombre está condenado a no vivir en paz nunca, allá donde vaya, se sentirá obligado a cambiarlo todo y a adaptarlo a su gusto, con la excusa de que es lo mejor. Así va destruyéndolo todo y creando mierda a su alrededor, porque si algo hay perdurable que pueda crear el hombre es mierda: suciedad y basura allá por donde pasa.
No existe un dios, no existe un diablo, estamos solos ante nuestro destino y de él deberíamos ser dueños, pero no es así, nos imponemos normas, absurdas en su mayoría para dominar la vida y las acciones de los demás. No existe un dios, no existe un diablo, porque si así fuese, ya se hubiesen encargado de destruir la humanidad, en vista de lo imperfecto de su naturaleza. El hombre es un gran fallo en la naturaleza, una imperfección, un virus que mata poco a poco.
Quizás existan, y quizás no lo destruyen ¿porqué quién creería entonces en ellos?, ¿cual seria la razón de su 'existencia', ya que el hombre es el único ser 'racional' sobre este planeta que puede crear y creer en cosas irreales como entes superiores, ¿quién entonces iba a creer en ellos?, ¿quién iba a adorarlos y a alimentar su vanidad?.
No creo que le haya pedido demasiado a la vida, en realidad bien poco, esperaba algo más y ese algo más no ha llegado y no llegará (me temo). Sinceramente me gustaría estar a gusto con lo que tengo, y es eso precisamente lo que quiero pero no lo consigo, siempre quiero algo diferente a lo que tengo y cuando obtengo ese algo distinto (cuando lo logro) parece que ya no es tan bueno como pensaba o parecía, y es cuando miro hacia otro lado (para tratar de olvidar de eso que tengo y que no es lo que yo quería) y descubro que no, que estaba equivocado, que precisamente esta ahí, mi meta, mi objetivo, mis anhelos están ahí, y comienza la lucha otra vez para tratar de obtener ese otro 'caramelo' que he visto, y que llena otra vez mi vida con una ilusión, una nueva meta a conseguir. Pero la magia siempre desaparece cuando lo consigo, en los casos que no lo consigo, esa es la razón de mi malestar, de mi 'desgracia', el no conseguirlo, porque así justifico mi insatisfacción, mi desgana de vivir, mi completa indiferencia ante los acontecimientos. Saber esto y no saber que hacer para solucionarlo es desesperante. Cuando hace años tuve la lucidez de intentar suicidarme, ese creo que fue el momento más pleno y consciente de toda mi vida, el más real y más consecuente. Nada hay en esta vida que pueda llenar este enorme e insaciable agujero negro que anida en mi interior, todo se lo traga y desaparece como si nunca hubiese existido. El Vacío es mi sino y mi sentido de vivir, porque cuando eres joven te engañan con falsas promesas e ilusiones sobre la vida, y nada de ello es cierto. La vida no es gran cosa, además de no darte nada, es simplemente una estancia en una gran mansión, la cual no es más que la estancia contigua ni menos que la otra ni la de más allá,... todas son igual de insignificantes y carentes de sentido, porque no existe ese sentido que nos empeñamos en imprimir a todos nuestros actos y a todas nuestras decisiones. Nada de lo que hagamos va a cambiar nada realmente, nada,... porque nada somos y en nada nos convertiremos, por los siglos de los siglos hasta el final de esta mierda de mundo.
La gente me produce asco, tengo asco hasta de mi mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación.
27 años son más que suficientes para poder soportar todo este absurdo que me rodea y que me invade, es suficiente para ver que todo lo que hacemos no servirá de nada, que ningún sentido tiene seguir sufriendo y siguiendo una rutina estúpida que no nos conduce a nada. Mierda de vida, mierda de sociedad, mierda de gente, mierda de sistema,... MIERDA, mi palabra favorita, sólo ella es capaz de describir sin esfuerzo mis pensamientos.
Madrugo por las mañanas y pienso con ironía: "¡Bien, otro día más sobre este planeta!. Levantémonos, vamos a producir la ración de basura de hoy.". Me levanto, no sin un gran esfuerzo de voluntad (la cual hay que reconocer es considerable, me pregunto de dónde sale), toso (el tabaco dicen que mata, poco a poco). Salgo de casa, con ojos dormidos, mi mente todavía atontada, los cascos de mi discman en mis oídos (la música es lo único que soporto a esas horas, y casi es lo único que soportaría a cualquier hora). Me dirijo con paso raudo a la estación de tren, que me llevará a mi y al resto de las abejas obreras a esos campos de concentración mal llamados empresas. Cuando llego, mi cara (ya con un rictus de amarga tristeza) empeora hacia un enfado que no puedo dirigir contra nadie, porque nadie es culpable y al mismo tiempo, lo somos todos y hacia todos lo dirijo. No hablo, apenas saludo (¿Buenos días?, no para mi, desde luego), me siento en mi cubiculo, en mi celda. Aun encima, es verano, hace calor, y el aire acondicionado crea una malsana atmósfera artificial que perjudica más mis pulmones, ya jodidos por el tabaco.
Al cabo de un rato, llega el jefe, ese temible bastardo, que se cree algo, que se cree que nos posee, cuando realmente no tiene nada, realmente no es nada, nada más que otra mierda con patas que camina con una falsa seguridad en si mismo. Me río de su seguridad, me río de su ficticio poder, porque cuando la muerte llega (y afortunadamente siempre llega) nada de lo que tiene o cree tener, le va a impedir pudrirse bajo tierra entre los gusanos.
Tomo un café, el estimulante que necesito para mantenerme despierto y no caer en el sopor del aburrimiento, y en un sueño que trata de apoderarse de mi ser. Un sueño que realmente seria bienvenido, y mejor aprovechado que estas horas muertas de mi vida que paso aquí encerrado entre estas cuatro paredes mugrientas.
¿Por qué no dejarlo?, ¿por qué no escapar?... sí, suena bien... ser libre, romper las cadenas... pero es irreal. Si sigo vivo (cosa que continuamente me planteo) y tal como están las cosas, necesito dinero para comer, pagar una vivienda, ... Y no me pienso convertir en un vagabundo, porque ya es bastante dura y asquerosa la vida como para aún encima tener que depender de la caridad humana. No, para ser libre realmente, sólo hay una solución: la muerte. Aunque no haya nada después de ella, cosa que no sé, es la única salida para ser libre, realmente libre. Se terminan entonces las ataduras, trabajar, pagar, llorar, sufrir, reír, soñar, enfermar, el miedo, el amor, el odio, ... Sólo necesito el método adecuado y podré hacerlo, porque hasta ahora, he fallado.
Pensándolo bien, no me hubiese importado nacer si en lugar de ser humano, con su supuesta inteligencia, hubiese nacido animal. Cualquiera, me es indiferente: desde una mosca hasta un elefante... Pero al fin y al cabo, animal, ser que sólo existe y vive, no se preocupa de mañana, no se preocupa de lo que hizo ayer. Para él solo existe el ahora, un ahora que cambia según sus necesidades: comer, procrear, descansar, ... Así debiera ser nuestra vida: vivir el ahora, sin preocuparnos de nada más, sin tantas normas, sin tantas complicaciones, sin tantas fronteras, ... Ser, existir, vivir, nada más... No deberíamos pensar tanto, los que lo hacemos y los que no, felices ellos porque de ellos es el reino de la felicidad y la ignorancia (eternas compañeras).
Soy egoísta, dicen, y lo reconozco. Sólo pienso en mi, no hago más que quejarme, sin pensar en que los demás también sufren... Pues si también sufren y quieren acabar con esa agonía, ¿qué coño estamos haciendo?, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y lo cambiamos todo? o mejor, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y nos autoexterminamos todos?.
¿Por qué me siento tan asfixiado? ¿por qué tan aislado? ¿por qué tan agobiado?... ¿Quién me ha enseñado a ser así?, ¿por qué he elegido este camino de penuria y sufrimiento?... ¿Alguien me podría ayudar?, sólo me gustaría ser idiota para no preocuparme tanto, o ser tan inteligente que desde mi superioridad no me afecte tampoco la mediocridad y la rutina. ¿Alguien tiene la sabiduría? ¿alguien la llave de la tranquilidad?... No quiero morir, pero tampoco vivir así, y no existe punto intermedio, o mejor dicho, sí que existe y en él estoy: malviviendo, una especie de zombi, un muerto en vida que no se decide por ninguno de los dos caminos porque no es capaz de llegar a ninguno de ellos. Soy así desde muy joven, casi podría decir que desde que tengo uso de razón. Es demasiado tiempo para sufrir. Siempre pensaba que cuando creciese, la madurez y la experiencia me ayudarían y vería la luz al final del túnel, incluso (era demasiado romántico todavía) que el amor podría sacarme de la oscuridad, pero el tiempo pasó, los amores también,... y nada me ha ayudado, nada ni nadie, porque he llegado a la conclusión de que si hay salida (cosa que ya dudo) debería estar dentro de mi y que si no la he encontrado es porque esa salida no existe.
Silogismos de Amargura
El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.
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En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.
Para vengarnos de quienes son más felices que nosotros, les inoculamos -a falta de otra cosa- nuestras angustias. Porque nuestros dolores, desgraciadamente, no son contagiosos.
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Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.
Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede?. Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez «tocado», ya no soy yo quién decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente.
¿La libertad? Sofisma de la gente sana.
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En la Antigüedad, el filósofo que no escribía, pero pensaba, no se exponía al desprecio; desde que nos postramos ante la eficacia, la obra se ha convertido en el absoluto del vulgo; a quienes no producen se les considera «fracasados». Sin embargo, esos «fracasados» habrían sido los sabios de otros tiempos; ellos rehabilitarán nuestra época por no haber dejado trazas en ella.
En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.
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¿Alguien emplea continuamente la palabra «vida»? Sabed que es un enfermo.
¿Nuestros ascos? Desvíos del asco que nos tenemos a nosotros mismos.
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Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.
Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro: al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se les espose y se les aísle.
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Apenas se medita ya de pie, y menos aún andando. Fue nuestros empeño en conservar la posición vertical lo que originó la Acción; por ello, para protestar contra sus perjuicios, deberíamos imitar la postura de los cadáveres.
Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos como escapar a los que nos acosan.
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Dichosos esos frailes que, al final de la Edad Media, corrían de ciudad en ciudad anunciando el fin del mundo. Poco les importaba que sus profecías tardaran en cumplirse. Podían desmandarse, dar rienda suelta a sus terrores, descargarlos sobre las muchedumbres; terapéutica ilusoria en una época como la nuestra, en la que el pánico, introducido en las costumbres, ha perdido sus virtudes.
Para dominar a los hombres hay que practicar sus vicios y añadir a ellos alguno más. Véase el caso de los papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la Iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada: la abstinencia, lo mismo que la moderación, les ha resultado nefasta; convertidos en personas respetables, nadie les teme ya. Edificante crepúsculo de una institución.
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El prejuicio del honor es propio de las civilizaciones rudimentarias. Cesa con la aparición de la lucidez, con el reinado de los cobardes, de aquellos que, habiéndolo «comprendido» todo, no tienen ya nada que defender.
Hemos saboreado todos el mal de Occidente. Sabemos demasiado del arte, del amor, de la religión, de la guerra, para creer aún en algo; hemos perdido además tantos siglos en ello... La época de la perfección en la plenitud está terminada. ¿La materia de los poemas? Extenuada. ¿Amar? Hasta la chusma repudia el «sentimiento». ¿La piedad? Visitad las catedrales: ya no se arrodillan en ellas más que los ineptos. ¿Quién desea aún combatir? El héroe está superado; únicamente la carnicería impersonal sigue de moda. Somos fantoches clarividentes, ya sólo capaces de hacer muecas ante lo irremediable.
¿Occidente? Una posibilidad sin futuro.
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Quién por distracción o incompetencia detenga, aunque sólo sea un momento, la marcha de la humanidad, será su salvador.
Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.
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Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
En cuanto un animal se trastorna, comienza a parecerse al hombre. Observad un perro furioso o abúlico: parece como si esperara a su novelista o a su poeta.
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Constituye una gran injuria contra el hombre pensar que para destruirse necesita una ayuda, un destino... ¿No ha gastado ya lo mejor de su talento en liquidar su propia leyenda? En ese rechazo de durar, en ese horror de sí mismo, reside su excusa o, como se decía antes, su «grandeza».
Si la Historia tuviera una finalidad, qué lamentable sería el destino de quienes no hemos hecho nada en la vida. Pero en medio del absurdo general nos alzamos triunfadores, piltrafas ineficaces, canallas orgullosos de haber tenido razón.
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Tanto he mimado la idea de la fatalidad, a costa de tan grandes sacrificios la he alimentado, que ha acabado por encarnarse: de la abstracción que era, ahora palpita irguiéndose ante mí, aplastándome con toda la vida que le he dado.
Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar; pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc.
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«Señor, sin ti estoy loco, pero más loco aún contigo.» Ese sería, en el mejor de los casos, el resultado de la reanudación del contacto entre el fracasado de abajo y el fracasado de arriba.
¡Cuantos problemas para instalarse en el desierto! Más espabilados que los primeros ermitaños, nosotros hemos aprendido a buscarlo en nosotros mismos.
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De todo lo concebido por los teólogos, las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas, son las dedicadas al Diablo. Su tono cambia y se aviva su elocuencia cuando, dando la espalda a la Luz, se consagran a las Tinieblas. Se diría que vuelven a su elemento, que lo descubren de nuevo. Al fin pueden odiar, por fin les está permitido; se acabó el ronroneo sublime o la salmodia edificante. El odio puede ser abyecto; extirparlo es, sin embargo, más peligroso que abusar de él. La Iglesia ha sabido evitar a los suyos, sabiamente, tales riesgos; para que puedan satisfacer sus instintos, los excita contra el Demonio; ellos se aferran a él y le roen: por fortuna es un hueso inagotable... Si se lo quitaran, sucumbirían al vicio o a la apatía.
Cuando, por apetito de soledad, hemos roto nuestros lazos con los demás, el Vacío nos embarga: nos quedamos sin nadie a nuestra disposición. ¿A quién liquidar ahora? ¿Dónde encontrar una víctima duradera? -Semejante perplejidad nos abre a Dios: al menos con El estamos seguros de poder romper indefinidamente...
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En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir, únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.
¿Quién abusaría del sexo sin la esperanza de perder en él la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?
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En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza por fin la gloria -mientras dura un grito.
La dignidad del amor consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba.
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En la época en que la humanidad, apenas desarrollada, se ejercitaba ya en la desgracia, nadie la hubiera creído capaz de poder producirla en serie un día.
Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.
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¿La «experiencia hombre» ha fracasado? Había fracasado ya con Adán. Sin embargo, es legítimo preguntar: ¿tendremos la suficiente inventiva para parecer aún innovadores, para agravar semejante descalabro?
Esperándolo, perseveremos en el error de ser hombres, comportémonos como farsantes de la Caída, seamos terriblemente frívolos.
Antes se pasaba con gravedad de una contradicción a otra; ahora sufrimos tantas a la vez que no sabemos ya por cuál interesarnos ni cuál resolver.
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Sin poseer la facultad de exagerar nuestros males, nos sería imposible soportarlos. Atribuyéndoles proporciones inusitadas, nos consideramos condenados escogidos, elegidos al revés, halagados y estimulados por la fatalidad.
Afortunadamente, en cada uno de nosotros existe un fanfarrón de lo Incurable.
Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por su necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.
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He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales.
Esos son algunos aforismos de E.M.Cioran, de su libro «Silogismos de la amargura». Pensador apátrida, nacido en Rumania en 1911 y muerto en París en 1995.
Recursos de la autodestrucción.
Emile Cioran.
Nacidos en una prisión, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podríamos alcanzar el término de un solo día si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar el día siguiente...Los grilletes y el aire irrespetable de este mundo nos lo quitan todo, salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan.
Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada más sencillo y más terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos. En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabría hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciaríamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?...
Quien no haya concebido jamás su propia anulación, quien no haya presentido el recurso a la cuerda, a la bala, al veneno o al mar, es un recluso envilecido o un gusano reptante sobre la carroña cósmica. Este mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no está en el poder de nadie impedirnos nuestra autoabolición. Todos los útiles nos ayudan, todos nuestros abismos nos invitan; pero todos nuestros instintos se oponen. Esta contradicción desarrolla en el espíritu un conflicto sin salida. Cuando comenzamos a reflexionar sobre la vida, a descubrir en ella un infinito de vacuidad, nuestros instintos se han erigido ya en guías y fautores de nuestros actos; refrenan el vuelo de nuestra inspiración y la ligereza de nuestro desprendimiento. Si, en el momento de nuestro nacimiento, fuéramos tan conscientes como lo somos al salir de la adolescencia, es más que probable que a los cinco años el suicidio fuera un fenómeno habitual o incluso una cuestión de honorabilidad. Pero despertamos demasiado tarde: tenemos contra nosotros los años fecundados únicamente por la presencia de los instintos, que deben quedarse estupefactos de las conclusiones a las que conducen nuestras meditaciones y decepciones. Y reaccionan; sin embargo, como hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los días y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?
Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque veían en ello un ejemplo de insumisión que humillaba a los templos y a los dioses. Cierto concilio consideraba el suicidio como un pecado más grave que el crimen, porque el asesino puede siempre arrepentirse, salvarse, mientras que quien se ha quitado la vida ha franqueado los límites de la salvación. Pero el acto de matarse ¿no parte de una fórmula radical de salvación? Y la nada, ¿no vale tanto como la eternidad? Sólo el existente no tiene necesidad de hacer la guerra al universo; es a sí mismo a quien envía el ultimátum. No aspira ya a ser para siempre, si en un acto incomparable ha sido absolutamente él mismo. Rechaza el cielo y la tierra como se rechaza a sí mismo. Al menos, habrá alcanzado una plenitud de libertad inaccesible al que la busca indefinidamente en el futuro...
Ninguna iglesia, ninguna alcaldía ha inventado hasta el presente un solo argumento válido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, ¿qué se le responde? Nadie está a la altura de tomar sobre sí los fardos de otro. Y ¿de qué fuerza dispone la dialéctica contra el asalto de las penas irrefutables y de mil evidencias desconsoladas? El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ningún animal es capaz de él y los ángeles apenas lo han adivinado; sin él, la realidad humana sería menos curiosa y menos pintoresca: le faltaría un clima extraño y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estratégico, aunque no sea más que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.
Los sabios antiguos, que se daban la muerte como prueba de su madurez, habían creado una disciplina del suicidio que los modernos han desaprendido. Volcados a una agonía sin genio, no somos ni autores de nuestras postrimerías, ni árbitros de nuestros adioses: el final no es nuestro final: la excelencia de una iniciativa única - por la que rescataríamos una vida insípida y sin talento- nos falta, como nos falta el cinismo sublime, el fasto antiguo del arte de perecer. Rutinarios de la desesperación, cadáveres que se aceptan, todos nos sobrevivimos y no morimos más que para cumplir una formalidad inútil. Es como si nuestra vida no se atarease más que en aplazar el momento en que podríamos librarnos de ella.
Tomado de: "Breviario de podredumbre", E. M. Cioran, Taurus Ediciones, 1991
lunes, 7 de enero de 2008
PELÍCULAS DEL AÑO
Todo lo anterior, son para mi, el encanto y por qué no, la magia del cine. Pero: cuantas películas vemos a lo largo de una vida?. Asi pues, para responder esta pregunta trataré de calcular con base en un año, sea este el 2008, todas las películas que vea y sacar una estadística adecuada.
En mi opinión, yo creo haber observado cientos de películas, pero esta vez mantendré un orden determinado.
Contando el 31 de Diciembre de 2007 y las primera semana de Enero de 2008 he visto lo siguiente:
Diciembre 31: D - WAR ( guerra de Dragones) Acción
Enero 4 : NEXT (El Vidente) Acción
Enero 5: Muertos del Susto ( Comedia Nacional) Comedia
Enero 6: I am Legend ( soy Leyenda). Suspenso - Acción
Asi,llevo 4 películas en una semana, esperemos cuantas llevaré en este mes de enero.
Nueva Película 13 de Enero
Cazadores de Tesoros: El libro de los secretos
viernes, 30 de noviembre de 2007
EL PENSAMIENTO DE KANT
La temática de este escrito, tratará de reproducir y comentar brevemente algunas reflexiones kantianas en torno al tema de la materia y los caracteres generales de ésta. Basados primordialmente en el capítulo segundo del texto - Transición de los principios metafísicos de la ciencia natural a la física. Opus postumum- páginas
Cabe añadir, antes de emprender el desarrollo de nuestra exposición, que la obra mencionada anteriormente es un texto de corte fragmentario, repetitivo en muchas ocasiones y, finalmente, no culminado.
El inicio de este capítulo constituye que la cantidad de materia se determina y establece principalmente por el movimiento de un quantum de materia.
Así, dentro del marco kantiano, un quantum es la totalidad de un conjunto de cosas móviles en el espacio. A su vez, ha de considerarse también, que tal y como lo ve el propio Kant, la materia no consta de partes simples, por lo que según el filósofo no hay una parte absolutamente primera de la materia. “Como la materia no consta de partes simples, su unidad debe ser a su vez siempre pensada como un quantum (…) Esto es: no hay ninguna parte absolutamente primera de la materia (…)”[1].
Para Kant, la cantidad de materia solo puede medirse de forma dinámica o lo que es igual mecánica, en tanto que esta es, la magnitud del movimiento que una materia (magnitud de la fuerza motriz) imprime a otra con una velocidad igual por naturaleza. Es debido, justamente a lo anteriormente expuesto, que existe una relación proporcional entre la cantidad de materia y la cantidad de movimiento efectuado.
Tal y como lo consideraba el filósofo alemán, el pesaje es la única herramienta de precisión que permite conocer la cantidad de materia. Esta determina la cantidad tomando como referente la presión con que un cuerpo grave reacciona, a la caída de otro, debido a la movilidad simultánea de los dos cuerpos, en torno a un punto fijo.
Para Kant, la formulación de Laplace acerca de los puntos materiales, respecto a la materia, no debe entenderse como compuestos o constituyentes de esta, sino más bien como espacios o lugares para partes de materia. En este sentido, el cálculo de cantidad de materia, se efectúa gracias a una fuerza motriz originaria y dicha fuerza actúa como una atracción universal que penetra la materia, que es conocida como gravitación. La aceleración de la gravedad puede ser gradual o uniforme según sea el caso que se trate.” El cálculo de la cantidad de materia puede hacerse, pues, sólo por una fuerza motriz originaria que penetre todos los cuerpos, en todas las distancias, inmediatamente y sin intervalo de tiempo. En el instante inicial, tal fuerza es llamada el momento de aceleración”[2].
Ahora bien, la idea o el concepto de cantidad de materia, se basa en la susceptibilidad, es decir, en la posibilidad de la materia misma a ser examinada, medida y como tal ponderable. Así pues, Kant concibe la ponderosidad como una característica de la materia relacionada con la cantidad de esta en un mismo volumen, produciendo un incremento en su peso, es decir que los hace más pesados.
Conjuntamente con lo anterior, ahora Kant, también entra a analizar la cualidad de la materia. De esta, distingue entre dos tipos de fuerzas que interactúan, a saber: las fuerzas atractivas y las repulsivas. “Pertenecen a la posibilidad de una materia en general, además de las fuerzas atractivas, también las repulsivas; que ambas deben hallarse a la vez en toda materia (…)”[3].
Asimismo, se establece dentro de estas fuerzas la diferencia entre la fuerza viva (por impacto) relacionada con la atracción y repulsión y la fuerza vivificante, como la posible causa de generación y desarrollo de plantas y animales.
De lo anterior, considera Kant, que la existencia de materia obedecería ante todo al conjunto de puntos materiales que se encuentran repeliéndose entre estos, al tiempo que se atraen para así poder llenar un espacio[4].
En este orden de ideas, se afirma, que dado que toda la materia es algo que llena el espacio (su cualidad); la materia en cuanto tal puede ser dividida en dos tipos: Fluida o Sólida.
La fluidezà al entrar en contacto con el calorày producirse un escape de caloràhace posible la rigidez o solidificaciónà que a su vez origina à Estructuras tridimensionalesà a las que se le llamaà Cristalización.
De lo anterior, es posible deducir que el calor puede ser visto y entendido como el medio de configuración de toda la materia rígida.
Cabe añadir que Kant, extrae su formulación del éter como una materia (aceptada hipotéticamente) que penetra universalmente todos los cuerpos, cuyas principales cualidades son expansibilidad de materia y ocupación del espacio debido a su expansión. En este sentido, calórico y éter vendrían a ser una sola y misma cosa[5].
Lo que determina las diferentes configuraciones en una materia, es justamente, la atracción ejercida en la superficie de todo fluido, que genera el movimiento, provocando así una acción a distancia, que a su vez habrá de determinar la estructura o textura para una materia.
Así pues, tal y como lo entiende el filósofo alemán, cuando se produce un contacto sucesivo entre las partes de un fluido, dicho movimiento implica una presión o fuerza muerta, en tanto que el movimiento producido por el contacto entre dos cuerpos rígidos, es lo que produce el impacto o fuerza viva.[6] Es por ello, que el aumento de volumen de materia sólida y disminución de su densidad, obedece a una fuerza viva o de impactos que en los cuerpos por acción del calor, producen la dilatación de dicha materia.
A su vez, de lo anterior es a todas luces deducible, que el paso de la fluidez a la rigidificación o solidez por acción del calor, se debe a la separación de las diversas materias cuya acción de produce en el espacio interno de la misma.
DE
Kant expone que la fluidez no es sólo una condición, estado o tipo de materia bajo la acción de ciertas pautas; sino que es precisamente aquella que facilita o permite el movimiento, en tanto que desplazamiento interno de sus partes. Por tal motivo se dice que es fluida (la materia) cuando se expande o se hace expansiva internamente con respecto al espacio.
O también cuando se atrae o ejerce atracción entre sus partes, pero impide el desplazamiento sólo en la superficie de dicha materia[7]. Es decir, que si bien hay movimiento interno de sus partes, en la superficie dicho movimiento se cancela con respecto al contacto con el espacio vacío.
Todo lo anterior da cuenta y explica las diferentes configuraciones o estructuras que adopta la materia. Pero también y de mayor importancia aún, le permite postular a Kant y explicar el éter como “es un principio que hace a (o a todos) lo fluido elástico: calórico (…)”[8]. Se trataría entonces, según el propio Kant de algo aceptada universalmente como la hipótesis más apta para explicar los fenómenos.
Dicho fluido ha de ser necesariamente el éter, como causa, principio y comienzo de todo movimiento, que debido a sus ondulaciones y vibraciones continuas hace posible tanto la dilatación, así como también la condensación de la materia.
Así pues, hace extracción Kant, para concluir, que existiría o al menos debería existir una materia única ( éter) a partir de la cual las diferentes divisiones de la materia o especies de esta, no son más que transformaciones o modificaciones de una materia primordial que en este caso es el éter.
Por último, siendo notablemente enfático, Kant establece dos leyes para la fluidez como uno de los estados de la materia, a saber:
- Ley de contacto de las partes del fluido entre si.
- Ley de contacto de las partes con un recipiente no disuelto por la acción de dicho fluido.
Dichas leyes poseen perfecta aplicación y desarrollo siempre y cuando: “ La fluidez de la materia sea un estado concebido en rápido cambio continuo de repulsiones y atracciones de contacto o motus oscillatorius”[9]
EL FIN DEL ARTE
La afirmación radical sobre “el fin del arte”, expresada por Arthur Danto en los años ochenta, ha continuado efectuando una crítica radical de la naturaleza del arte en nuestro tiempo. Esta aserción refleja la enérgica expansión que han experimentado las prácticas artísticas en el fin del siglo xx gracias a la revolución tecnológica. El arte se ha zafado de los rígidos parámetros que definen la pintura y la escultura, y ahora puede expresar cualquier concepto por cualquier medio posible. Así, el final de siglo nos trae una gama de prácticas artísticas que van desde la fotografía digital a la realidad virtual pasando por el cine, el vídeo, la performance, etc.
Pero, ¿que se ha entendido cabalmente acerca del significado preciso que formuló Danto sobre este final?
Por lo tanto, la temática de este escrito es esbozar, de manera sintetizada, el enunciado sobre “el fin del arte”, utilizando para ello varios escritos tales como: Después del fin del arte, Posiciones filosóficas de Hegel y Danto sobre el “Fin del Arte, El final del arte y otros.
Cabe señalar, que para entender apropiadamente este “final del arte”, Danto en un artículo, introduce las concepciones que se han tenido en cuenta sobre lo que es el arte. De esta manera, rotula 3 modelos históricos para este concepto: “(…)el primer modelo encuentre aplicación básicamente en el arte mimético, en la pintura, la escultura y el cine, y el segundo incluya estas experiencias y otras muchas formas de arte que la mímesis no puede caracterizar con facilidad. El modelo final será aplicable al arte en un sentido muy amplio; remitirá tanto al concepto de arte en si como a la cuestión de si el arte ha llegado a su fin (…)”[1].
En cuanto al primer modelo, el arte como expresión mimética es la representación de las experiencias perceptivas. Es decir, el artista plasmaba imágenes que trataban de imitar la experiencia de lo real. Proyectaba, entonces, objetos de la naturaleza en general, de forma que llegara incluso, a engañar a los sentidos.
Consecuentemente, surgió el modelo en el cual, el arte se caracterizaba como una expresión de sentimientos. Es aquí, donde las emociones juegan un papel importante en las obras, ya que intensifican la subjetividad del autor en referencia a los estados de ánimo (sentimientos como alegrías, tristeza, ira). Danto afirma que “lo interesante era que, al existir pinturas puramente expresivas, y por lo tanto no explícitamente de representación, ésta quedaba excluida de la definición del arte.”[2]. Con la llegada de un nuevo modelo, este definía claramente que era arte y que no lo era, el arte como mímesis ya quedaba afuera de esta consigna. De igual manera,”(…) el concepto de expresión no permite establecer una secuencia evolutiva como lo permitía el concepto de representación mimética. No lo permite porque no existe una tecnología mediadora de la expresión.”[3] Este modelo impide que se genere una progresión, ya que es relativista e imposibilita pensar la historia linealmente; y sus avances quedan afectados, ya que no hay ningún autor que sea más progresivo que otro en cuanto a un tema específico. No incluye, pues, una concepción lineal de la historia.
En cuanto al último modelo, este presenta al arte como una especie de progreso en el marco cognitivo, en el cual, el arte se va aproximando a este paradigma de cognición.
De esta forma, el arte llega a su fin, cuando este se conoce a si mismo, cuando alcanza su autoconciencia ( en terminología hegeliana) y se sabe como arte. “La pregunta entonces es:¿ en qué consiste esta cognición?, y la respuesta , aunque en principio puede resultar decepcionante, es: en el conocimiento de lo que es el arte”[4].
Así, pues, el “ fin del arte” no corresponde a que no vayan a existir más obras artísticas, sino que este, alcanza un resplandor de propia auto-reflexión, hasta llegar al punto de ser su propia filosofía, “ convertido en el objeto de su propia conciencia teórica”[5] y se aprende lo que es y lo que significa.
Este problema surge con la exposición de Andy Warhol y sus cajas de Brillo, por el cual se genera la duda sobre si tales cajas son arte y porque otras no lo son. “El problema filosófico ahora es explicar por qué son obras de arte. Con Warhol quedó claro que una obra de arte no debe ser de una manera en especial; puede parecer una caja de brillo o una lata de sopa.”[6]. A partir de este momento, se precisan dos conceptos importantes – el problema de los indiscernibles y el pluralismo-. El primero aboga a lo relacionado, a cual es la razón de que tal objeto sea arte, contribuyendo así, a la definición de parámetros que adecuen lo más preciso posible si tal objeto es o no es artístico. El pluralismo, está concerniente en el periodo denominado poshistórico del arte, en el cual, el artista toma la dirección que más le atañe y gusta en cuanto a la creación artística, ya que ningún modelo o estilo es inferior o superior a otro.
Finalmente, a manera de conclusión, es que ya no es posible aplicar las nociones tradicionales al arte contemporáneo, sino que hay que centrarse en una filosofía de la crítica de arte que puede arrojar luz con la que quizá sea la característica más sorprender del arte contemporáneo: que todo es posible, debido a que no existen mandatos acerca de cómo deben manifestarse la obra de arte. Ahora, se puede usar cualquier fin expresivo, ya que no hay un relato único que lo englobe todo
BIBLIOGRAFÍA
DANTO, Arthur. El final del Arte. En: El Paseante, 1995, núm 22-23.
DANTO, Arthur. Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia. Barcelona: Paidós, 1999.
MÍMESIS
En este escrito trabajaré el concepto de la mimesis enfatizando con Platón y su libro X de
Se puede entender la mímesis como un concepto propio de la estética clásica griega desde un sentido originario mítico, basado esencialmente en la imitación de acciones humanas relacionadas estas con las danzas dionisiacas, en honor al dios del vino.
Posteriormente la mimesis designaría arte del autor perteneciente con la música, la poesía y la escultura.
Para empezar con Platón, este muestra una división de la mímesis. En primera instancia un sentido natural, ubicando en este las artes “ectéticas”, es decir, las artes otorgadas por la naturaleza como la caza y la pesca. La segunda instancia esta dada en un sentido idealista, lugar donde se encuentra la poesía.
Se agrega que el tratado donde se subraya todo el problema de la mímesis es el libro X de
El primero recibe el sentido de la imitación basado especialmente en el arte de hacer herramientas, mientras que los siguientes alterna de forma gradual la primera copia hasta llegar al punto de deformarla totalmente. Básicamente, esto es lo que Platón quiere demostrar, la imitación de ideas por parte de los personajes anteriores.
Pero se concreta más esta idea especificando la división del mundo del conocimiento en los distintos planos[1]. Primero en el mundo suprasensible se encuentra lo innato del concepto, la idea original suprema representada por dios. Es aquí donde se halla la idea netamente en su estado más puro, más perfecto. En el siguiente plano, el inteligible, lugar donde se ubica al artesano, es el más cercano a la idea original, este la trabaja pero ya comienza a apreciarse cierto grado de deformación y en el último escalón, el sensible, correspondiente al poeta y el pintor predomina aún más la deformación de la idea. De esto concluye Platón que las artes consideradas de imitación como la poesía y la pintura copian defectuosamente la idea original transmitida por el demiurgo al mundo inteligible, es decir se alejan de la realidad del concepto en sí.
Además, Platón aborda una severa crítica a los poetas, caracterizando que aquellos no manejan una techné o técnica sino una inspiración provocada por los dioses, quienes le dicen como actuar y que decir y nunca se aproximan a lo racional. Es por eso que no conocen la idea primera y no saben que es lo que imitan, tan solo tienen una ilusión.
Conjuntamente con la techné, Platón trabaja el término de la poiesis, la primera indica al manejo que hace un versado sobre algo que fabrica y tiene todo el conocimiento para hablar con propiedad del objeto en cuestión. Esto es lo que le falta al poeta, ya que lo que hace es nombrar las cosas como él cree que son, no las maneja a ciencia cierta. Respecto a la poiesis se refiere al hacedor o constructor y ese es dios, quien designa al demiurgo como puente en el transito de conocimientos.
De esta forma, concluye Platón, los poetas no pueden gobernar la polis ya que se encuentran más relacionados con las imágenes que con la realidad, más cercanos a las alabanzas que a los problemas reales de manejar una institución tan grande como el mismo gobierno de una ciudad ática.
En cambio, con Aristóteles se da una escisión de lo que es la mímesis, ya que no parte de una visión idealista. La mímesis aristotélica es esencialmente poética, donde se entiende a esta como una ciencia productiva de carácter cognitivo y constructivo.
El género que se expone en la poética es la representación de una acción, un mito que lleva una trama. Estas acciones de carácter noble relacionada con la tragedia y vulgar con la comedia.
Por consiguiente, el punto de partida de
Por lo tanto los medios, objetos y modos de imitación dan la cualificación a una creación artística.
Como primer criterio, los medios, apuntan a la estética material implicados en colores y figuras y en lo musical en lo que se emplea el uso de instrumentos como la flauta, la cítara de esta forma se desarrolla el ritmo, la palabra y la armonía.
Seguidamente, en lo relacionado a los objetos imitados, el filósofo enuncia que “Puesto que los imitadores imitan a sujetos que actúan, es preciso que (dichos sujetos) sean honestos o deshonestos (los caracteres, en efecto, casi siempre se reducen a éstos, porque todos se diferencian entre sí por su maldad o virtud), ya sean mejores, ya peores, ya iguales a nosotros mismos.” (Aristóteles 1991:2). Se precisa aquí, un desarrollo importante basado en que la tragedia tiene como objetivo imitar básicamente a los hombres como sujetos morales; la tragedia representa a los hombres en toda su grandeza y debilidad en tanto que en el caso de la comedia de trata de imitar a los peores, sus bajas y pintorescas acciones.
En último lugar, pero con igual grado de importancia se llega al criterio sobre el modo de imitar:
“Una tercera diferencia entre estas (artes) está dada también por el modo en que imitan cada una de estas cosas. Porque, con los mismo medios y al representar las mismas cosas, es posible narrar en parte y en parte asumir el papel de un personaje distinto, como hace Homero, o presentarse como uno mismo sin transformación alguna, y es posible también presentar a los personajes mismos, como si ellos todo lo hicieran y lo crearan” ( Aristóteles 1991:3).Para concluir este apartado, Aristóteles recuerda cómo los medios y los objetos, en un caso , y el medio , en otro, vinculan a Sófocles, Homero y Aristófanes “…Sófocles sería un imitador igual a Homero, pues ambos representan a hombres honestos; desde otro punto de vista, sin embargo, sería igual a Aristófanes, pues ambos representan personajes que actúan y obran”(Aristóteles 1991:3).
Entre los conceptos anteriores de la mimesis, expuestos por los dos más grandes pensadores de la antigüedad, se visualizan ciertas diferencias. Se precisa a mi parecer que dos son las más importantes:
La primera relacionada en que la mimesis platónica aboga la imitación de ideas supremas, mientras que la aristotélica se indica con precisión a la imitación de acciones en el plano netamente humano; y en los cuales lo sobresaliente son el carácter de moralidad de estas. Es decir que tan perjudiciales son los resultados que hacen la consecución de ciertas dinámicas que influyen en desastres pero que reivindican una enseñanza.
La segunda diferencia se relaciona con el conocimiento y/o aprendizaje.
Para Platón la mímesis no otorga conocimiento, ya que esta se encuentra alejada de la verdad y sobre todo de la realidad. Por esta razón alude a que los poetas no pueden ser gobernantes ya que “viven” en un mundo de imágenes e ilusiones inspirados por musas.
Para Aristóteles, la base del aprendizaje es la mímesis o imitación, que es connatural al hombre - incluso llega a decir en estas palabras que el hombre es un animal mimético -, por tanto, toda imitación produce un aprendizaje. Siguiendo con el razonamiento aristotélico, aprender agrada a los hombres, es decir, hay un componente importantísimo y es el placer, "ver" lo imitado, lo mimetizado, produce placer, y por esto a los hombres les agradan las artes. Pero también llega Aristóteles a dos consecuencias muy importantes: partiendo de una base real en el arte de la pintura, la persona retratada, pueden suceder dos cosas: que uno conozca a la persona retratada y al ver el retrato, la imitación, le produzca placer la misma imitación o la utilización de los recursos (pinturas, etc). O puede suceder que no se conozca a la persona retratada, en ese caso sólo podrá producir placer la ejecución de la imitación, la utilización de esos recursos.
Además, lo que diferencia al hombre de los animales es el instinto imitativo de conocer, de aprender, de esto se podría partir sobre el origen del lenguaje, ya que imitamos por ejemplo lo que nuestros padres o cercanos dicen o hablan. Así que imitar algo, conlleva a comprenderlo, vivirlo a cabalidad, a enfatizar una fase de conocimiento y de re-conocimiento del objeto en cuestión.
Finalmente, a modo de conclusión, la mímesis que se rechaza es la devenida encarnación dionisíaca, primitiva, enmascarada, aquella que engaña al espectador. El racionalismo que se instala con Platón y Aristóteles no puede aceptar que, en la fiesta ritual los hombres cumplen su más alto destino: son dioses. Debe huirse de la desmesura, de la hybris, para construir la ciudad democrática. Asimismo, la mimesis devenida espejo coadyuva con la ciudad nueva porque, si esto es aquello, la enseñanza está asegurada y con ello la continuidad, el statu quo.
La mímesis, no entendida tanto en el sentido aristotélico de imitación sino, más bien, de convocatoria a los dioses muertos, tiene que ver más con la encarnación y la metamorfosis que con la copia. Se encarnan y metamorfosean en dioses; claro está que no se trata de dioses a la manera del Dios judeo-cristiano, hoy en boga, hecho "a la imagen y semejanza del Hombre", sino de dioses paganos, dioses para Hesíodo y para Homero: Titanes, Gigantes, Cíclopes, etc. Por eso mimesis es, para los griegos, kolossós, doble. El kolossós permitía poner a este mundo en relación con los muertos y con los dioses que aparecían en la epifanía.
BIBLIOGRAFÍA
ARISTÓTELES (1990). Poética. Caracas Venezuela: Monte Avila. Latinoamericana, pág 113.
PLATÓN. (1981). Obras Completas ( trad. De Juan David García Bacca), vol VIII, Caracas, Universidad Central de Venezuela